Improv. #81 Bajo control.

spy

El alto grado de especialización en el arte del espionaje al que el gobierno del país de Crevordia había llegado, hizo que un alto funcionario del entorno presidencial —uno de esos funcionarios siempre dispuestos a hacer ver que hasta duermen pensando en su trabajo— dijera: “¿Y quién espía al espía?” Así que de inmediato comenzaron a moverse los engranajes necesarios para hacer que aquellas personas que se dedicaban al espionaje fuesen considerados dignos de duda y, por ende, que fuese necesario vigilarlos a ellos también; “…después de todo, ésa es la base del sistema democrático” —fueron las palabras de otro funcionario de no menor rango que el primero—. Entonces se llegó al punto en el que A era espiado por B; B era espiado por C; C era espiado por D, etc. y todo parecía estar bien. Hasta que alguien hizo notar (alguien de rango menor, por lo visto, ya que su nombre no quedó en la historia oficial o ni siquiera en los registros burocráticos) que si se seguía la cadena hasta sus últimas consecuencias, aún restaba Z, quien no era controlado por nadie (para aquel entonces ya no se hablaba de espías; sino de controladores y controlados). Por fin, luego de mucho debatir opciones y soluciones varias, alguien (Alguien³) propuso, con impecable lógica y practicidad, contratar a A para que controlara a Z. Así se hizo y a partir de dicho momento el país de Crevordia vivió tranquilo y seguro sabiendo que todo estaba, al fin, bajo control.

Improv. #81 Sincronización

3D

Punto por punto, la impresora 3D iba creando lo que la computadora le indicaba. Cuando terminó —apenas tres horas después de haber comenzado—, la impresora y la computadora lanzaron un pitido sincronizado señalando la finalización del trabajo. Segundos después un llanto agudo llenó la habitación. La pareja entró casi corriendo con una sincronía similar a la de los aparatos negros que estaban sobre la mesa de trabajo. El niño era exactamente como lo habían diseñado. Con esos ojos, ese color de cabello, esa boca y con todos los elementos que tan minuciosamente habían elegido.

Improv. #80 Tontito…

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— Te amo.

— Jjjjjj… —Ríe de un modo extraño, como si no pudiera hacerlo con vocales incluidas—. Iluso ¿Todavía crees en el amor?

— Sí, claro, como todo el mundo.

— No querido, ya nadie lo hace. Estamos en el Siglo XXI, no lo olvides.

— ¿Por qué tan solo no me matas y ya?

— Jjjjjj… tontito… —Dice con ternura mientras acaricia mi frente, detiene su mano en mi mejilla y me mira fijamente—. ¿Qué crees que estoy haciendo?

Improv. #79 ¿Ves?

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— Contá bien. Vas a ver que son diez.

— No —insistió con esa tozudez propia de los niños—. No son diez y no son diez.

— A ver. Probá a contar con los dedos de las manos. Vas a ver que son diez.

Lo hizo, con paciencia y concentración. Luego me miró y dijo:

— ¿Ves? no son diez.

— Mirá, dejame que te muestre —le tomé las manos y conté con él—. Uno, dos, tres…

La primera vez sumé nueve. Sonreí y volví a comenzar. La suma me dio doce. La tercera vez, once.

Desistí. Volvimos a casa sin tomarnos de las manos.

Improv. # 78 Lugares olvidados.

desierto

Le faltaba la mitad del camino cuando notó que ya debería estar allí; que ya debería haber llegado. Se detuvo en medio de aquella nada que parecía tan absoluta como si hubiese sido construida con el propósito de ser un ejemplo de vacío perfecto. ¿Qué sentido tenía continuar? Sabía —acababa de saberlo— que nunca podría llegar a destino; que sus cálculos iniciales habían sido erróneos y que por eso mismo su suerte estaba echada. Ese momento en que tomó conciencia de que le faltaba la mitad del trayecto fue, contra todo lo que pudiera pensarse, de calma absoluta, de profunda tranquilidad. Le pareció que allí todo era definitivo: el vacío que se extendía hasta el horizonte, la certeza de su muerte, la nula importancia de sus errores. Se sentó allí, en el mismo punto en el que se había detenido, en donde todo había cobrado forma y sentido. Se sentó allí, en paz, esperando a la muerte sin saber que ella tampoco solía andar por aquellos lugares olvidados.

Improv. #77 Entonces.

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Volvimos del cementerio en silencio, mirando cada uno por su propia ventanilla del auto. No es fácil enterrar a tu hijo. A tu único y amado hijo. Ella se acostó vestida y abrazó a la almohada; yo me senté a los pies de la cama, en silencio. Fue entonces cuando oímos el rebotar de la pelota en el patio.

Improv. #76 Nosotros no.

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Luego de planearlo durante días, por fin tomé coraje y me decidí a hacerlo. Me acerqué en silencio por detrás suyo mientras ella tomaba su desayuno. Cuando llegué a su lado no dudé: le tiré del cabello hacia atrás y le corté el cuello con un tajo firme y profundo. Giró sin levantarse de la silla y me miró sin expresión alguna, pasándose el dedo índice por la seca línea que había dejado la navaja mientras me decía “Ay, querido ¿no lo sabias? nosotros no sangramos…”