Improv. #88 Una mañana cualquiera

librería infinita

Cada tanto aparece alguno. Ahora anda dando vueltas por ahí uno que dice ser el mismísimo Adolf Hitler. Hay de todo, aunque en general prefieren decir que son alguno de los inmortales; el Judío Errante, alguno más imaginativo que dice haber pertenecido a la tripulación del Holandés Errante o, como el que acaba de irse, el propio Conde Cagliostro. Éste último me resultó simpático. Dio vueltas por entre los estantes pasando la yema de los dedos por los lomos de los libros y deteniéndose en alguno de ellos por unos instantes antes de proseguir con su recorrido. Le pregunté si podía ayudarlo, si estaba buscando algo en particular y después de negar con la cabeza dijo que no, que gracias, que sólo estaba mirando o recordando. Siguió con su recorrido y yo aproveché, ya que debía quedarme allí, a desembalar un envío de libros que me había llegado el día anterior. Después de varios minutos se acercó al mostrador y comenzó a hablar. No tengo ni idea de cómo fue que llegamos al tema de nuestra historia; no puedo decir si la conversación fue derivando paulatinamente hacia ese punto o si fue él quien la llevó paso a paso para poder decir lo que quería. De todos modos, sea como fuere, allí estaba él contándome algo que, según sus palabras, no solía decir a desconocidos; lo salvaba, dijo, que en estos tiempos la gente era tan descreída que nadie daba por cierto ni una sola de sus palabras. Así fue que se presentó con un nombre latino que usaba para ocultar al más famoso de sus seudónimos: el Conde Cagliostro. Yo seguía desembalando los libros y no me molestaba en absoluto escuchar una voz humana en esa mañana solitaria; una voz muy educada, por otra parte.
Aceptó con sencillez y algo de vergüenza el café que le ofrecí y mientras bebíamos me contaba algunas de sus historias o anécdotas, las cuales intercalaba con preguntas no demasiado inquisitivas sobre mi vida o sobre mi trabajo entre esos estantes algo polvorientos. Antes de irse me dijo, en respuesta a una pregunta mía sobre su título de Conde y sobre lo que yo suponía que formaba parte de sus riquezas o posesiones (pregunta que yo había hecho sin ninguna otra intención más que proseguir con la conversación), algo así como «Con el tiempo uno aprende que las cosas pesan demasiado para quien viaja indefinidamente. Lo mejor es despojarse de todo; dejar todo atrás. Nada es estrictamente necesario». Supuse que con los libros la cosa era algo diferente; uno quiere llevarse al menos aquellos que ama, que fueron buenos compañeros o que sentimos que nos hablan particularmente a nosotros. «No, esos también uno se los lleva puestos» Dijo antes de agradecer el café y de irse luego de una ligera inclinación y de un saludo cortés con el sombrero.
Cada tanto aparece alguno. Alguno de esos que se cree inmortal o que tal vez realmente lo sea (no tengo ni tendré modo de probar su veracidad sobre ese asunto); alguno que tiene más deseos de ser escuchado que de comer o, siquiera, de charlar. Así que por ahí anda el Conde Cagliostro; con un par de zapatos raídos, un cepillo de dientes, dos camisas y tres o cuatro libros a cuestas, dando vueltas por el mundo.

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Improv. #87 Evidente

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Estábamos hablando de viajes deseados, siempre planeados, siempre en un futuro perfecto, el cual, como bien se sabe, es el tiempo propicio para viajar, cuando la señorita L. dijo «a veces lo más bello lo tenemos a nuestro lado». La miré una y otra vez pero, por desgracia, nunca pude ver más allá de sus rodillas (perfectas) y de su mano izquierda (desmayada, laxa, dejada allí, sobre el tapiz dorado, como si su dueña en un descuido se hubiese olvidado de ella) y no pude menos que asentir con torpeza ante la exposición de una verdad tan evidente.

Improv. #86 Huida

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El hombre es un maestro de la huida. Houdini sólo hizo un espectáculo de ello y les cobraba a los demás por no verse reflejados en ese espejo. El circo, el suspenso, las luces, la escenografía, el espectáculo como imagen especular del interior humano ¿Quién mira a quién en esa arena?

Improv. #85 Arte Sacro

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No podía evitarlo; sentía o me parecía que, desde detrás de los cristales, me miraban unos niños de rostros viejos. No me refiero a niños víctimas de esa enfermedad que los hace envejecer prematuramente; no. Sino a niños que se parecían más a los que nos muestran las pinturas sacras del medioevo; niños que nos miran como si tuvieran cuarenta años y que parecen tener cuarenta años en el rostro pero que sin embargo aún se aferran al pecho de la madre. Pero las pinturas se movían. Nunca hablaban y rara vez lloraban; sólo se movían en silencio, miraban hacia los lados, buscaban el pecho materno, y penetraban a quienes pasaban con esa mirada penetrante y vacía. Todos y cada uno encerrado en los límites de su realidad. Tal vez esos límites fuesen sólo cuatro, como el marco del cuadro que supongo que los contenía; tal vez fuesen más, nunca pude saberlo y no sabía que nunca lo sabría. Es difícil entenderlo cuando ni siquiera se tiene la imagen o el concepto de un espejo.

Improv. #82 Bajo control.

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El alto grado de especialización en el arte del espionaje al que el gobierno del país de Crevordia había llegado, hizo que un alto funcionario del entorno presidencial —uno de esos funcionarios siempre dispuestos a hacer ver que hasta duermen pensando en su trabajo— dijera: “¿Y quién espía al espía?” Así que de inmediato comenzaron a moverse los engranajes necesarios para hacer que aquellas personas que se dedicaban al espionaje fuesen considerados dignos de duda y, por ende, que fuese necesario vigilarlos a ellos también; “…después de todo, ésa es la base del sistema democrático” —fueron las palabras de otro funcionario de no menor rango que el primero—. Entonces se llegó al punto en el que A era espiado por B; B era espiado por C; C era espiado por D, etc. y todo parecía estar bien. Hasta que alguien hizo notar (alguien de rango menor, por lo visto, ya que su nombre no quedó en la historia oficial o ni siquiera en los registros burocráticos) que si se seguía la cadena hasta sus últimas consecuencias, aún restaba Z, quien no era controlado por nadie (para aquel entonces ya no se hablaba de espías; sino de controladores y controlados). Por fin, luego de mucho debatir opciones y soluciones varias, alguien (Alguien³) propuso, con impecable lógica y practicidad, contratar a A para que controlara a Z. Así se hizo y a partir de dicho momento el país de Crevordia vivió tranquilo y seguro sabiendo que todo estaba, al fin, bajo control.