Mónada urbana. Sara está acostada a setenta y cinco metros de altura, en una confortable y fresca cama de su departamento del piso 21. Un poco más arriba, en la terraza, altas antenas de telefonía emiten radiaciones nocivas, pero consideradas inocuas por estudios diversos financiados por las mismas empresas que colocaron esas antenas allí. Desnuda en su cama, Sara descansa tranquila sin saber que un tumor diminuto se está formando en uno de sus pechos. David, cinco pisos más abajo, se rasca el brazo derecho y una punzada de dolor lo sobresalta. Una pequeña costra gris y roja le ha quedado bajo la uña de su dedo medio de su mano izquierda. El sarcoma sangra y David busca algo con que cubrir la nueva herida. David se contagió el virus de la mujer del tercer piso quien se lo contagió de su esposo quien se lo contagió de una prostituta quien se lo contagió de un hombre de lengua extraña y a quien ya no podemos seguirle el rastro. Diana tiene catorce meses, su madre la alimenta, sin saberlo, con alimentos transgénicos. Diana no cumplirá los seis años y su madre se suicidará poco después. Federico ha probado que puede estar casi dos días completos frente a la pantalla que lo conecta al mundo. Y piensa en romper su propia marca. Desconoce las diferentes acepciones de la palabra red. Es un excelente jugador de un programa bélico y ya ha comprado un arma similar a la del juego. También sabe y quiere usarla. La muerte, con diferentes rostros, custodia la entrada del edificio.
